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“Yo eso no me lo como” – Por Santiago Torre

Miguel seguía con su plan de mentoring con Pablo, preparándolo para que fuera un directivo más eficiente y eficaz.

Sin que Pablo lo conociera Miguel tenía un esquema que iba siguiendo y completando; tenía que completar una serie de temas y experiencias para hacerle vivir y entender situaciones diversas que había sido diseñadas previamente, aunque tenía libertad de ir variando el plan inicial si lo consideraba adecuado, que era lo que iba haciendo.

Hoy tocaba hablar de la exigencia al equipo. Habitualmente somos pocos exigentes con nuestra gente, a pesar de que ellos digan que somos “insaciables” y que siempre queremos más, el deber de alguien que dirige personas es conseguir que sus colaboradores den todo lo que tienen, no solo por el bien del departamento o de la empresa, si no por el de ellos propio personal.
Llegó Pablo con muy buen humor. “Hola Miguel, ¿cómo estás hoy?”.

“Fantástico y tú, ¿Qué me cuentas de nuevo?

Estuvieron alrededor de una hora en donde Pablo le iba poniendo al día sobre su trabajo, su gente y lo que estaba aconteciendo hasta que Miguel dijo:

“Hoy nos vamos a ir a comer fuera y como habitualmente, yo elijo el menú”.

“Bueno, que miedo me das, ¿Qué me tienes reservado?”

“Vamos a ir a la playa, que conozco un sitio estupendo, pero iremos en dos coches. Haz una cosa, de camino hacia allí pasa por cualquier tienda y compra una pala y un cubo”

¿Una pala y un cubo?!!!! Repite sorprendido Pablo.

“Sí, pero de las de niño, de las de jugar en la playa”.

Pablo que ya conocía la forma de “vivir experiencias” con Miguel no protestó y asumió que hoy le tocaba otra de ellas.

Llegaron a la playa cada uno por su lado. Había muy poquita gente, el día era bueno, pero no era temporada y solo había gente paseando, solos o con el perro. Pablo llegó algo antes y se puso a jugar con la pala y el cubo y no vio acercarse a Miguel que se acercaba con una jaula en la mano.

Cuando Pablo se dio cuenta de que había llegado y vio la jaula exclamó:

“¿No será eso la comida, no? ¿otra vez el jueguecito de la rana?  Ya te anticipo que yo no me como eso”.

Lo que Miguel llevaba en la jaula era un hamster y rió con ganas cuando recordó el día de la rana, los saltos que pegaba Pablo en el Txoko y que ahora todos le llamaban Ranón en el trabajo.

“Venga, no protestes, que igual conseguimos que te cambien el mote en la oficina”, dijo riéndose.

“Veo que has empezado a cavar un agujero, Perfecto, pero lo has hecho llegando a la arena húmeda, vamos algo más arriba” le dijo Miguel.

Fueron algo más arriba e hicieron una agujero no muy ancho y de una cierta profundidad, pero sin llegar a arena húmeda.
“Perfecto, esto es lo que necesitamos para enterrar a este bicho que no me deja dormir por las noches con la rueda esta que suena de manera endemoniada”.

“¿Vas a enterrar vivo al pobre animal, te has vuelto loco? Dijo Miguel asustado.

“Pues claro que sí” respondió Pablo echando al hamster al fondo del agujero y echándole encima una palada de arena. Con un movimiento rápido, Pablo le quitó la pala de las manos y le dijo. “No te voy a consentir que entierres vivo a un animal, por muy malas noches que te de”.

“Tú déjame a mí, que se lo que hago. Dame la pala, por favor”. Tras unos momentos de dudas y pensando en volver a quitársela, Miguel le devolvió la pala y Pablo echó otra vez arena sobre el animal que estaba en el agujero a la vez que decía:

“¿Te estás fijando que hace el animal cada vez que le echo arena?”

“Sí, se sacude la arena de encima y se pone a andar nervioso en el agujero”.

“Exactamente”, dijo mientras le echaba otra palada. “¿Sabes que va a pasar dentro de 8 ó 10 paladas?”

“Que lo vas a enterrar y la vamos a tener” contestó cabreado Pablo.

“No señor, que el animal saldrá por sí solo del agujero. Yo le echo arena que él se la sacude y la misma va al suelo del agujero, cuando se mueve nervioso en el mismo lo que hace es pisar y compactar la misma y hacer que el agujero sea un centímetro menos profundo. Tras unas paladas más, podrá salir”.

“Entonces, ¿no le estás enterrando, si no liberando?”

“Así es, si le echara encima una cantidad que lo tapara por completo o paladas a una velocidad demasiado rápido sí que le crearía un problema, pero si lo hago a la velocidad adecuada le estoy haciendo que vaya creciendo y saliendo del agujero en el que está”.

“Muy interesante, no lo habría visto así nunca, pero ¿Qué es lo que me quieres transmitir con esto?”

“Quiero que entiendas esto y lo apliques a tu equipo. Ellos están en un agujero del que no saben salir y tu deber es echarles tierra para que se la sacudan, la compacten pisándola y así vayan subiendo hasta ser capaces de salir de allí. Eso sí, tienes que ajustar la cantidad de tierra y el ritmo de paladas a la capacidad de cada uno de ellos para que hagan lo que tienen que hacer para crecer; tienes que observar que se sacuden la tierra, que andan y la compactan y que están preparados para la siguiente palada. Ellos se cabrearán contigo porque no entenderán que les estás ayudando a salir, pero es la principal labor de cualquier directivo o dueño de negocio: llenar de tierra el agujero de su gente y conseguir que se acerquen a la salida. No tengas miedo de ser exigente, el proceso es sencillo y es tu obligación, si lo haces a ritmo adecuado, no los entierras, si no que los liberas y tú, tu negocio o tu departamento crece a la misma velocidad que la suma del terreno que va creciendo el de todos los que trabajan allí; si no exiges y no echas tierra tu negocio permanece estable y eso le aboca al final”

Santiago Torre

Socio – Coach Impulso Coaching de Negocios Bilbao

santiagotorre@impulsocoach.com

 

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